Lourdes Martín-Serrano

Blog Entre Líneas: pasen, escuchen, lean y rebusquen.

No es un blog profesional, por lo que no hallaréis grandes escritos; su existencia solamente pretende trasladar de dentro hacia fuera mis pensamientos y mi imaginación.

Buena travesía.

martes, 3 de diciembre de 2013

AQUEL DÍA EN EL QUE...


[Esta entrada puedes leerla seleccionando la pista "David G.- Chaikovsky IIen el reproductor del lateral derecho]


 “Sólo has de encontrar tu melodía. Tu obra. Aquellas que te hagan capaz de arrancarle una sonrisa al alma.”- Me dijo hacía años mi profesor de violín.
“Hay música tan sublime que te hace capaz de sentir la separación del alma del cuerpo; una sensación que no se puede explicar.”- Me decía mi padre.
Yo no sabía bien a qué se referían, porque, aunque me mantenía estrechamente ligada a la música catalogada como clásica, debido a mis estudios musicales, todavía a mis casi quince años, no había tenido la oportunidad de conocer aquella melodía que consiguiera causar tal efecto en mí.
Un domingo de invierno hace ya trece primaveras, fui con mi padre a uno de los conciertos que cada domingo por la mañana se ofrecían- y se siguen ofreciendo-, en el Auditorio Nacional. Ese día, mi padre me llevaba con especial ilusión puesto que se iba a interpretar, entre otras obras, el Concierto para violín de Tchaikovsky; un concierto totalmente desconocido para mí.
Al entrar, observé que la sala Sinfónica estaba repleta.
Después de la primera obra del programa, se completó la plantilla orquestal y un muchacho moreno, apenas cuatro años mayor que yo, salió al escenario tranquilo y relajado seguido del director, Francisco de Gálvez. 

 Tras los consabidos aplausos del público, dio comienzo su actuación.
La introducción orquestal del concierto me cautivó desde el comienzo con su discreto diálogo entre cuerdas y maderas que evolucionó hasta adquirir la suficiente tensión como para impulsar al solista al estrellato, otorgándole así voz y voto hasta el final de la obra.
El muchacho moreno comenzó a tocar con una expresividad jamás vista por mis ojos. Se movía elegantemente. Daba la sensación de que tocar no le costaba el más mínimo esfuerzo. Su expresión mientras interpretaba aquellos pasajes tan difíciles y virtuosísticos, se mantenía siempre relajada. Mostraba los ojos cerrados y una sonrisa permanente en sus labios.
Los minutos se sucedían, el virtuosismo se acrecentaba, la música ascendía en dramatismo inundando todo cuanto allí había dispuesto a escuchar. Los ojos del público no se separaban del solista. Los míos tampoco.
El público escuchaba extasiado, de hecho, recuerdo a una señora que escuchaba emocionada pañuelo en mano.
David Garrett en la acutualidad
David Garrett, que así se llamaba el solista, sonreía con una mezcla de emoción y alegría transmitiéndoselo a los oyentes con aquel derroche de virtuosismo y sentimiento, porque la música que tocaba así se lo pedía. Disfrutaba haciendo disfrutar al resto del público.
Con el paso de los años, he descubierto que la música con un fuerte contenido emocional proyecta su propia historia en la imaginación de quien la toca y de quien la escucha. Estoy segura de que David Garrett era capaz de ver la película emocional que la música le estaba ofreciendo al tocar aquello- que yo ya había catalogado de sublime-, y que ésta película emocional se estaba proyectando en su corazón, reflejándose en su cara y en sus manos. Todo el mundo podía percibir aquella película que él nos retransmitía y con ella, todos esos sentimientos, por ello, todo el mundo rió y lloró con el intérprete. Esta es una de las muchas cualidades de la música: aúna sentimientos. No importaba que el instrumentista fuera alemán, como era el caso, chino, ruso o croata porque todos entendíamos el lenguaje de los sentimientos y por extensión, el lenguaje universal de la música. Esto es lo que un buen instrumentista consigue con su interpretación si sabe transmitirlo y el oyente escucharlo.
Por medio de David Garrett, escuchaba como en un eco las palabras de Tchaikovsky  hablando sobre su pensamiento y sentimiento rompiéndose así, la aparentemente inquebrantable barrera del tiempo. 




 Después del éxtasis y la fuerza melódica de aquel primer movimiento ya imposible de olvidar, llegó la quietud del segundo y, a continuación, el desgarrado tercer movimiento con sus reminiscencias al primero.
Al terminar la interpretación unos aplaudíamos con fervor y otros exclamaban vítores. 
Así, por medio de este concierto, que siempre he recordado, tuve mi primera experiencia de gratitud hacia la música, que hoy en día sigue formando parte de mí. Fue una experiencia personal que me ayudó, además de a entender las palabras de mi profesor y las de mi padre, a entender que, cuando la música entra en ti de esa manera tan galante y arrolladora hace en tu vida su morada para siempre.


En mi memoria suelo hacer referencia a ese treinta de enero del año dos mil como: “Aquel día en el que encontré mi melodía, mi obra y mi vida.”

14 comentarios:

  1. Me gustó mucho leerte, Lu
    Muchas gracias por tu bella entrada
    Besos.

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    1. ¡Qué bien que te haya gustado! Escribir desde la experiencia lo hace todo más bonito :). ¡Muchas gracias!

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  2. ¡Hola, Lu!

    La música no entiende ni de idiomas ni de barreras, por eso es universal. Y tú lo has expresado de maravilla en esta entrada.

    Nos leemos, compañera.

    Saludos...

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    1. ¡Hola Israel! Muchas gracias por tus palabras, me alegra haber podido expresar bien lo que pienso sobre "ella".
      La música se corresponde con el segundo movimiento del concierto del que hablo en la entrada y sí, es preciosísima.
      ¡Muchas gracias de nuevo por pasarte!

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  3. ... Y la música que has incluido, viene como anillo al dedo...

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  4. Muy bonito Lourdes.

    No sé si es porque hace tiempo que no te leo y lo he cogido con ganas o porque el tema me gusta o porque estás depurando la técnica o porque disfrutas más al escribir. La cuestión es que me ha encantado.

    Gracias y besitos

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    1. Uauu, muchas gracias Jorge espero que te haya gustado tanto mi entrada como a mi me ha gustado tu comentario. ¡Qué bien! :D


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  5. Preciosa historia, llena de sentimiento,el violin hace que la música sea sublime, y la que acompaña a estas palabras así lo demuestra .
    Enhorabuena, me gustó.
    Me atrevo a decirte una pequeña cosa, si pudieras escribir en un tamaño de letra mas grande sería mas facil para leer, ademas como el fondo del blog es de color gris y la letra amarilla resulta mas dificil y eso conlleva lentitud para entender.( perdona por esta apreciacion, te la hago como compañera bloguera)
    Saludos.
    Puri

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  6. Hola Puri, muchas gracias por tu sugerencia, como ves te he hecho caso, espero que ahora se lea mejor.
    Me alegro mucho de que te haya gustado la entrada.
    ¡Muchas gracias!
    Un saludo :)

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    1. Ahora es mas agradable para la vista el leer tus historias, muy acertado el tamaño y el cambio de color en la letra.
      Un saludo , amiga.
      Puri

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  7. ¡Hola, Lu!

    Jo, qué historia tan bonita y tu la has escrito a la perfección. En tus palabras se refleja perfectamente el sentimiento, la elegancia y la sensibilidad. La música escogida es perfecta y no sé si te lo he dicho pero ayuda a alejarse un poco del mundo real y soñar un poquito :) Felicidades por esta preciosa entrada.

    ¡Besos!

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  8. ¡Hola Laura! Muchas gracias por tu comentario, es muy bonito. Eso es justo lo que quiero conseguir con la música que pongo de fondo. Me alegro de conseguirlo. :D

    ¡Besos!

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  9. Laura la música es la pasión del que la escucha pero más todavía del que la interpreta con el instrumento. Es una sincronización de amor puro entre ambos, lo sé porque lo he vivido. El que ama la música percibe el mundo con otra sensibilidad.

    un beso
    Rosa

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    1. Tienes mucha razón Rosa, la música se ve de manera muy diferente desde dentro, participando en su producción, es una bonita experiencia.
      Muchas gracias por tu sensible comentario.
      ¡Besos!

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